
Hace sólo cuatro días que “conozco “ a Agustín, el entrecomillado tiene su sentido, más que nada porque nuestro encuentro ha sido tan casual como insólito, le descubrí echándole la bulla a un amigo entrañable, compartido. Nada usual… Ahora tengo el privilegio de saborear su complicidad, su perspicacia.
Agustín es un ente único, transparente, caballeroso hasta la médula pero con un toque canalla y un cierto puntillo mordaz que no le permite andarse con sutilezas; plasma su agudeza y finura a través de sus pinceles, pluma y plumillas, su pasión por el verbo resulta incansable. Sin más preámbulos hoy le dedico el postre que le preparé a mi yankee, porque Agustín también es un hombre “de huevos”. Una receta simple, elaborada con pocos productos y de fácil ejecución aunque algo compleja cuando uno pretende encontrarle el punto justo de cocción.
Para ocho o diez personas:
Suma o divide las cantidades a tu conveniencia, las proporciones reseñadas están acorde a las exigencias de mis amigos.
Un litro de leche, valga como sucedáneo una de esas patrañas comercializadas en tetrabrick que en la tele vocean como “entera”. Yo la caldeo ligeramente con una finísima piel –que no corteza- de limón junto con una pizca de pulpa de vainilla, sólo para aromatizarla levemente, nunca perfumarla.
8 huevos frescos, de yemas y claras turgentes.
8 cucharas colmadas de azúcar.
En un cuenco bate siete huevos enteros junto con una yema, añádele la leche y el azúcar, remuévelo bien.
Podría haber optado por las flaneras individuales pero como soy más de compartir he decidido por cocinarlo en fiambreras grandes, de medio litro cada una, a la vieja usanza, como me enseñó mi madre.
Pon en el interior de la flanera tres cucharadas colmadas de azúcar y caramelízala a fuego vivo, reparte el caramelo por sus paredes haciéndola rotar. Con las cantidades reseñadas necesitarías una segunda flanera. Una vez frío vierte en su interior, a través de un colador fino, la mezcla de huevos, azúcar y leche. Cocínalo al baño maría hasta que cuaje.









